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impunidad.
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Muchas de esas noticias tienen que ver con los conocidos casos de corrupción de dirigentes políticos, cargos electos y sindicales que atabican los telediarios y los periódicos diariamente. Pero la chispa que ha terminado por prender la llama detonante de toda la carga explosiva acumulada han sido dos:
- La primera, la petición de indulto a José María del Nido, condenado por cobrar entre 1999 y 2003 un total de 2,86 millones de euros por "intervenciones profesionales inexistentes o, en todo caso, innecesarias" según afirma el Ministerio Público, que sólo reconoce la prestación de servicios reales por dos de las 79 minutas giradas, por parte de muchos presidentes de clubs de fútbol de primera división. Estos señores, dueños de nada pero gestores de muchos sentimientos y emociones cada fin de semana -ahora cada día de la semana- han visto en los últimos años reforzado su papel de camellos emocionales canalizadores de las frustraciones y esperanzas de un pueblo cada vez más triste y deprimido. El moderno opio de la sociedad, distribuido a cargo del erario público mediante las millonarias transferencias de dinero de todos desde las televisiones autonómicas a los clubs, las recalificaciones urbanísticas y la condonación de facto de las ingentes deudas de estos a las haciendas públicas,tiene, en sus cabecillas, una casta dominante que ha creído, por asimilación a la casta política dominante, que tiene privilegios y derechos diferentes al resto de los mortales. Esto les ha llevado a creer que pueden pedir -y con razón, pues hasta la fecha no hay afición que haya protestado por ello- el perdón a un ladrón condenado por el mero hecho de ser de su grupo. La catadura moral de quienes tienen en sus manos, por desgracia, la etérea felicidad y esperanzas durante 90 minutos semanales de mucha gente, cada vez más asediada y empobrecida cultural y económicamente es poco menos que despreciable.
- La segunda noticia, poco relevante por reiterada, es la "pillada" del coche de la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, aparcado en un carril bus de la ciudad. La creencia de que cualquier acto, ilegal o simplemente indecente, falto de respeto por lo público objeto de gestión del cargo que ocupa demasiado tiempo, no tiene consecuencia alguna les hace ejecutarlo sin ápice de remordimiento. Aún estará preguntándose por qué Joan Ribó la critica por una nimiedad como esa.